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domingo, 12 de abril de 2009

Capítulo Dos: Lo Más Triste Del Mundo

Recuerdo que hace uno años, estar sola en casa era mi sueño dorado, lo mejor que me podía pasar: comer lo que quisiera, vestirme como deseara, hacer lo que se me antojara…

Ahora, después de caminar los metros del jardín que me separaban de la entrada principal –la del jardín- a la casa, solo podía pensar una cosa –esto es triste, lo más triste del mundo- más triste que irte de casa, más triste que despertarte y saber que no tienen dinero ni comida, más triste que decepcionar a tu familia, más triste que un funeral, que dos, que tres, más triste que huir y vagar sin rumbo, más triste que quedarte viendo una puerta de madera por diez minutos porque eres incapaz de abrirla, más triste que todas las muertes, las desgracias y los llantos del mundo.

Entrar a la casa vacía fue para mí lo más triste que jamás me pudo ocurrir –señores y señoras, bienvenidos a mi mundo enfermo y triste-.

Sentí como las lágrimas subían por mi garganta pero no lloré, quise gritar pero me contuve, intenté olvidar las llegadas de la escuela, cuando solía exclamar-mamá, papá, ya llegué!- pero los recuerdos acudían a mí en ese momento como nunca antes lo habían hecho.

Aspiré el aire, turbio, cálido y con un ligero aroma a encerrado, observé todos los muebles alrededor mío –cubiertos de polvo- y detuve la mirada en el espejo que estaba mi derecha, y me vi, despeinada, con mi cabello recogido con ayuda de una liga, mientras mi fleco –muy largo ya- caía por mi frente, mis ojeras y mi mueca de tristeza completaban la imagen; en definitiva este lugar no me podía hacer nada bien, pensé –eso es simplemente imposible-.

Me tallé fuertemente los ojos –que querían soltar lágrimas- suspiré y pensé que lo más sabio sería recorrer la casa, después decidiría que hacer.

Comencé mi recorrido.

miércoles, 1 de abril de 2009

Capítulo Uno: El Retorno


Miré esa puerta.

La observé larga y profundamente durante casi diez minutos.
La contemplé como nunca antes lo había hecho.

En mis 22 años de vida jamás le había puesto atención como en ese preciso momento: la textura de madera, obscura y cuidada en la parte superior, mientras que abajo los tablones aparecían raídos y de un color triste, claro y desvaído, el número 35 de metal lucía oxidado y a punto de caer. Frente a mi tenía la manija, cilíndrica y desgastada por los años de uso, y a su lado colgaba la cerradura color plata que tiempo atrás me había resultado tan familiar y tan querida; antes, ver esa cerradura significaba –hogar-, ahora en cambio no era más que una de tantas cerraduras que había visto en los últimos años, la manija no era más que una de tantas manijas, y la puerta no era más que una de las millones de puertas que se encontraban a lo alto y ancho del planeta. Si todo eso era cierto, ¿entonces porqué me invadía este sentimiento de melancolía?

Un grito ahogado subió por mi garganta y murió en mi lengua mientras sacaba del bolsillo derecho de mi pantalón un juego de llaves que no había sido usado en mucho tiempo –tal vez demasiado- y que sin embargo resultaba tan familiar a mis dedos.

Tomé la llave más larga mientras observaba los medidores de luz que ahora no marcaban nada, simplemente adornaban –de muy mala manera- la pared junto a la puerta. Introduje la llave en la cerradura, y ésta hizo un click muy ligero –casi imperceptible- mientras mi mano giraba lentamente y con cautela hacia la izquierda.

La puerta se abrió.

La empujé, di un paso dentro, giré y me volví para colocar la llave, esta vez para cerrar de manera rápida –siempre era mejor así- la puerta. Tal vez mi subconsciente asumió que hacer eso evitaría que saliera huyendo del lugar. Funcionó. Suspiré larga y profundamente mientras veía la casa que había sido mi hogar durante casi veinte años. El césped y las plantas estaban descuidadas y crecían de manera rebelde, apropiándose del lugar, la pintura de la casa se caía a pedazos y en el techo había pájaros que me veían sorprendidos, como diciendo –aléjate, este es nuestro territorio-; en cuanto di el primer paso rumbo a la casa huyeron asustados, aunque probablemente –y ellos nunca lo sabrían-, nada ni nadie tenía más miedo que yo en ese preciso momento.