Recuerdo que hace uno años, estar sola en casa era mi sueño dorado, lo mejor que me podía pasar: comer lo que quisiera, vestirme como deseara, hacer lo que se me antojara…
Ahora, después de caminar los metros del jardín que me separaban de la entrada principal –la del jardín- a la casa, solo podía pensar una cosa –esto es triste, lo más triste del mundo- más triste que irte de casa, más triste que despertarte y saber que no tienen dinero ni comida, más triste que decepcionar a tu familia, más triste que un funeral, que dos, que tres, más triste que huir y vagar sin rumbo, más triste que quedarte viendo una puerta de madera por diez minutos porque eres incapaz de abrirla, más triste que todas las muertes, las desgracias y los llantos del mundo.
Entrar a la casa vacía fue para mí lo más triste que jamás me pudo ocurrir –señores y señoras, bienvenidos a mi mundo enfermo y triste-.
Sentí como las lágrimas subían por mi garganta pero no lloré, quise gritar pero me contuve, intenté olvidar las llegadas de la escuela, cuando solía exclamar-mamá, papá, ya llegué!- pero los recuerdos acudían a mí en ese momento como nunca antes lo habían hecho.
Aspiré el aire, turbio, cálido y con un ligero aroma a encerrado, observé todos los muebles alrededor mío –cubiertos de polvo- y detuve la mirada en el espejo que estaba mi derecha, y me vi, despeinada, con mi cabello recogido con ayuda de una liga, mientras mi fleco –muy largo ya- caía por mi frente, mis ojeras y mi mueca de tristeza completaban la imagen; en definitiva este lugar no me podía hacer nada bien, pensé –eso es simplemente imposible-.
Me tallé fuertemente los ojos –que querían soltar lágrimas- suspiré y pensé que lo más sabio sería recorrer la casa, después decidiría que hacer.
Comencé mi recorrido.
Ahora, después de caminar los metros del jardín que me separaban de la entrada principal –la del jardín- a la casa, solo podía pensar una cosa –esto es triste, lo más triste del mundo- más triste que irte de casa, más triste que despertarte y saber que no tienen dinero ni comida, más triste que decepcionar a tu familia, más triste que un funeral, que dos, que tres, más triste que huir y vagar sin rumbo, más triste que quedarte viendo una puerta de madera por diez minutos porque eres incapaz de abrirla, más triste que todas las muertes, las desgracias y los llantos del mundo.
Entrar a la casa vacía fue para mí lo más triste que jamás me pudo ocurrir –señores y señoras, bienvenidos a mi mundo enfermo y triste-.
Sentí como las lágrimas subían por mi garganta pero no lloré, quise gritar pero me contuve, intenté olvidar las llegadas de la escuela, cuando solía exclamar-mamá, papá, ya llegué!- pero los recuerdos acudían a mí en ese momento como nunca antes lo habían hecho.
Aspiré el aire, turbio, cálido y con un ligero aroma a encerrado, observé todos los muebles alrededor mío –cubiertos de polvo- y detuve la mirada en el espejo que estaba mi derecha, y me vi, despeinada, con mi cabello recogido con ayuda de una liga, mientras mi fleco –muy largo ya- caía por mi frente, mis ojeras y mi mueca de tristeza completaban la imagen; en definitiva este lugar no me podía hacer nada bien, pensé –eso es simplemente imposible-.
Me tallé fuertemente los ojos –que querían soltar lágrimas- suspiré y pensé que lo más sabio sería recorrer la casa, después decidiría que hacer.
Comencé mi recorrido.